Viajar con perro en Bolivia


Bolivia siempre será muy especial para mí, pues es donde encontré a Cocaí. Donde empezó todo. En la foto estamos con María Jesús y Munaí (hermano de Coqui). El viaje juntos por estas hermosas tierras fue pequeñito, pero matón. En tan corto periodo vivimos grandes aventuras, utilizamos diversas formas de transporte y alojamiento... Aquí vemos algunos consejos sobre viajar con perro bajo el prisma de mis vivencias.

Nota. Hay que tener en cuenta que en los primeros países Cocaí era una cachorra (pocos kilos), por lo que viajar era más fácil que ahora, que pesa entre 22 y 24 kg (¡dependiendo de si se pone glotona una temporada!).

TRAYECTO

Recorrimos desde Samaipata hasta el norte amazónico en la frontera con Brasil (Guayaramerín – Guajara-mirim). Samaipata - Santa Cruz - Trinidad - San Ignacio de Moxos - San Borja - Rurrenabaque - Santa Rosa de Yacumá (Reserva) - Riberalta - Guayaramerín.

DURACIÓN

Unos 15 días.

TRANSPORTE

No hubo problemas en cuanto a dejarnos subir a transporte público, pudiendo realizar casi todos los trayectos en buses y combis. Eso sí, ¡no faltaron sobresaltos y aventuras! He aquí algunas de ellas:

Excursión nocturna por el autobús. Primer trayecto largo, desde Santa Cruz a Trinidad. Es de noche y estamos en la estación de buses de Sta Cruz. La vendedora me dice que no cree que haya problema por el perro. Sin embargo, cuando llega la hora de subir, la llevo escondida por si acaso. Cocaí debe pesar 3 kg como mucho y cabe en la bolsa que llevo. Estoy destrozado, ha sido un día larguísimo. Hablo un rato con mi compañera de autobús, pero no tardo en caer rendido. De pronto un revuelo me saca del nunca jamás. ¿Qué ha pasado? Mi compañera me dice que mi perro está por ahí detrás y que se ha cagado por todo el autobús. Miro abajo. Efectivamente, ¡Cocaí no está en la bolsa! Justo cuando me pongo de pie para ir a buscarla sale el chofer (había una puerta que separaba la parte delantera donde está el conductor de la parte de los pasajeros). Me dice, de muy malos modos (en realidad no le falta razón…) que me voy a tener que bajar, y yo muy chulo le espeto que “¡de eso nada, yo he pagado mi billete y tengo derechos!”. Refunfuñando, se vuelve al volante. Asustado, pues no me quiero bajar en mitad de la noche en la selva, trato de salir al pasillo y buscar a Cocaí. Todo el mundo me mira, no sé si cabreados o sorprendidos por descubrir al responsable de sacarles de su sueño. Desde el pasillo también me miran algunos cuerpos que han hecho del suelo su cama. Sorteo a estas personas como buenamente puedo. Pregunto por mi perra y nadie me dice donde está. Me empiezo a poner nervioso y a preguntar con más ahínco. Y, para mi sorpresa, varias voces me dicen que luego me la dan. “¿LUEGO? ¡¿DÓNDE ESTÁ MI PERRA?!” Al final la encontré. Un hombre, sentado en la parte media del autobús sostenía a Cocaí en sus brazos. El señor era mayor y me miraba y apartaba a la perra hacia el otro lado. Le pedí que me diera a mi perra y su respuesta fue: “Es mía, me la han regalado”. Todo el mundo nos miraba, pero nadie hacía nada. Estaba perdiendo la paciencia, así que en vez de volver a pedirle amablemente que me devolviese a mi perra, estiré mis brazos y agarré a Cocaí. El forcejeo duró unos segundos, hasta que finalmente Cocaí volvió con papá. No volví a dormir en toda la noche. No quería que Cocaí se volviese a ir de excursión esa noche.

Cocaí cagando por la ventanilla. Y es que de esfínteres va la cosa. La pobre Coqui, a estas alturas de su vida aún no era capaz de mantener cerradas sus cavidades por mucho tiempo. Así, varias veces nos tocó orinar y cagar en marcha. ¡Menos mal que las ventanillas de los autobuses bolivianos se pueden abrir! He de decir que estoy muy orgulloso de Cocaí. A tan temprana edad se hizo toda una experta en avisarme cuando no podía aguantar más. Su sollozo era la señal para abrir corriendo la ventana y sostenerla en el aire mientras regaba y abonaba bellas tierras selváticas.

¡Corre, que me lo hago encima!

Safari en el fango. Son los últimos rayos del sol incidiendo sobre San Ignacio de Moxos. Una van va a salir hacia San Borja y consigo un billete. Dentro hay más pasajeros: una mujer con dos niños pequeños, una joven, un chaval de unos 16 años, varios hombres. Lo que no sabíamos es que durante ese trayecto íbamos a formar una pequeña familia. Salimos y todo pintaba bien. Nada apuntaba a que nos íbamos a quedar atascados en esa carretera (¿he dicho carretera?) de barro y pasar allí toda la noche. Pues eso es exactamente lo que pasó. Y muchas aventuras y anécdotas para la chistera. El coche en el que íbamos no estaba preparado para esa locura de fango. Esas ruedas eran de chiste. Y de chiste fueron los primeros derrapes, que hicieron gracia. Al cabo de un rato daba miedo. ¡No me hubiese extrañado que hubiésemos volcado! Después de los derrapes empezó lo bueno. La primera vez que nos quedamos atascados pudimos salir sin mucho esfuerzo. A la segunda ya tuvieron que bajar un par de hombres, los más vigorosos del equipo. A partir de ahí no pudimos hacer ni 20 metros seguidos sin derrapar, parar o quedarnos estancados. En una “parada técnica” le tuve que echar una mano (y nunca mejor dicho) a la madre de los niños. Mientras ella le cambiaba el pañal al más pequeño, yo le sujetaba la pilila al mayor (de unos 3 años) que meaba por la puerta. Ya debo de tener un máster en emergencias de micción en marcha. En una de estas, ya de noche para más emoción, parecía que ya habíamos tocado fondo. Game over. Pero no. Salimos tres de nosotros a empujar por detrás, y otros hombres por los laterales, bajo una lluvia torrencial y llenándonos de fango hasta las rodillas. ¡Y alguno que otro hasta más que hasta las rodillas! Estábamos empujando con todas nuestras fuerzas cuando por fin avanzó el vehículo. ¡Con la inercia uno de los hombres se cayó de boca! El cabrón del chofer no paró de acelerar hasta pasados unos cuantos metros dejándonos a nosotros en mitad del fango en la penumbra de la selva. No sé si fue el miedo, pero algo nos impulsó al chaval joven y a mí a agarrarnos de la mano y correr a toda mecha hasta la van. ¡Pura adrenalina! Al final, después de tanta lucha, después de salvar a otros carros tirando con cuerdas de ellos y de ser salvados por otros, no pudimos más. Quedamos atascados y pasamos la noche ahí. Por la mañana fuimos rescatados y llegamos a San Borja. Allí Cocaí y yo descansamos varios días en una habitación. Estábamos exhaustos física y psicológicamente. Y es que primo, no era para menos: un tramo de unos 140 km nos llevó casi 20 horas.

Madre ayudando a uno de sus hijos a mear desde la combi

Así estaba la "carretra"

Navegando entre cocodrilos. Una excursión con guía que nos mostró el lado más animal de la Amazonía. Súper recomendable y barata. A Coqui la dejaron venir sin poner peros, solo advirtiéndonos de que la tuviese bien vigilada porque había muchos cocodrilos. ¡Y joder que sí los había! Varios transportes. Primero un bus pequeño que nos llevó hasta la base de la reserva, y a continuación una lancha con la que recorrimos durante tres días diferentes secciones del área protegida. El campamento base eran unas cabañas en las que pudo dormir Cocaí también. Tuve la suerte de tener una compañía inmejorable: un guía súper enrollado y una familia marroquí trotamundos. Un matrimonio con tres fabulosos hijos que han emprendido la tarea de recorrer el planeta documentándolo todo. Tienen una sección en un programa de la tv de Marruecos. Aquí os dejo su nombre en Facebook, por si los queréis buscar: Planet Khmissa. En esos tres días por las Pampas vimos muchos animales, además de los cocodrilos: aves de todos los tamaños y colores; saimiris, mono araña y capuchinos; un oso perezoso en lo alto de un árbol; delfines rosados. ¡Con estos últimos nadamos! Mira que me daban miedo los cocodrilos pero al final el que me mordió el pie (y me hizo sangre el muy hijoputa) fue un delfín. Estaba con el hijo de la familia marroquí nadando cuando de repente él se quejó y acto seguido entendí por qué. Algo nos estaba mordiendo, y fuerte. ¡Sin pensarlo dos veces corrimos hasta la lancha!

Documentando la excursión por las Pampas bolivianas

Baño ribereño

ALOJAMIENTO

En cuanto a alojamiento hubo un poco de todo. Acampamos en Samaipata (camping), San Ignacio de Moxos (libre) y Rurrenabaque (libre); habitación en San Borja y Guayaramerín; cabaña en Santa Rosa de Yacumá (excursión organizada a Las Pampas). No tuve que buscar alternativas pues en todos los lugares nos dejaron sin poner pegas. En la excursión tampoco me dijeron nada sobre prohibiciones. Lo único que no me despistase porque se la podía comer un cocodrilo.

Acampando en la Laguna Isireri, San Ignacio de Moxos

LOCALES DE COMIDA

En los establecimientos tampoco hubo objeciones. En Bolivia y otros países (Perú y Ecuador entre ellos) donde hay abundancia de mercados y comedores no vas a tener ningún problema para sentarte a la mesa con tu perro. Por aquel entonces Cocaí aún no era muy territorial con la comida y no hubo altercados con perros callejeros. Ahora en México cuando hemos comido en puestos de tacos y demás Cocaí estaba más peleona con los que osaban acercarse a nuestra mesa/espacio. También puedes entrar en locutorios.

Cero problemas para entrar con tu perro a los comedores, como este en Guayaramerín

OTROS

Por lo general parece fácil llevar a tu perro en excursiones organizadas, incluso a las que implican conservación del ambiente como la que hicimos nosotros en Santa Rosa de Yacumá. En Parques Nacionales, Reservas y espacios naturales en general no suelen poner pegas tampoco. Muy permisivos.

PAPELES

Nunca me pidieron documentación, pero llévala siempre en regla por si acaso, y, sobre todo, por el bien de tu perro. La vacuna contra algunos virus letales como el parvovirus es imprescindible. La rabia también porque hay muchos perros callejeros.

VALORACIÓN

  • Prós: Fácil viajar en cuanto a moverse en transporte público. Libre y sin reglas.

  • Contras: No hay mucha cultura perruna. Muchos perros callejeros con sarna y pulgas.

  • Grado de dificultad para viajar: 2.

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