Experiencias viajando a dedo

Podría escribir folios y folios de todas y cada una de las personas que me han dado ride y de todas y cada una de las aventuras que he vivido cuando he viajado de esta forma. Todas nos han brindado grandes momentos y hemos conocido gente muy especial. Mi experiencia haciendo hitchhiking ha sido mayormente solo con mi perra, aunque también he viajado de este modo acompañado en alguna que otra ocasión, como con mi hermano o con algunos amigos que he hecho por el camino.

Aquí contaré algunas de mis aventuras, pero no me voy a extender mucho porque no es algo trascendental para el blog. Solamente quiero que leas algunas de las cosas maravillosas que podrían ocurrirte viajando de esta forma ¡para que te animes a hacerlo! No obstante, si estás interesado en escuchar más historias locas te animo a leer mis diarios, especialmente los de la segunda saga, ya que ha sido en este último viaje (México, USA y Canadá) cuando más he viajado a dedo.

Península de Yucatán

Todo fue muy improvisado. Llegamos desde Madrid a Cancún y no sabíamos dónde meternos con la jaula gigante. En las compañías de autobuses del aeropuerto que te llevan a distintos puntos estaban flipando conmigo, pues les preguntaba que adónde me recomendaban ir. Al final decidí que nuestra primera noche la íbamos a pasar en un pueblo pesquero llamado Puerto Morelos, entre Cancún y Playa del Carmen. Cuando nos dejó el bus resulta que la playa estaba a 5 km, pero le debimos dar lástima a un tipo, que se ofreció a acompañarnos. ¡Gregorio fue todo un apoyo con la jaula! Acabamos durmiendo en la habitación de un hotel los dos, todo muy extraño… Por la mañana le invité a desayunar a unos tacos (¡mis primeros de muchos!), tras lo cual él se fue y Cocaí y yo lo gozamos con ese mar azul turquesa caribeño. Por la tarde pusimos rumbo a la locura de Playa del Carmen. Marisol, una amiga de un amigo, nos esperaba allí para acogernos durante una semana.

Gregorio fue un ángel en el camino

Primer ride por tierras mexicanas, entre cajas de frutas

Ritmos caribeños para empezar la aventura mexicana

No mames, esto es vida

Y desde allí empezó una aventura que nunca olvidaremos, recorriendo a dedo Coqui y yo la Península de Yucatán y un pedacito de Chiapas. Bajamos por la costa desde Playa del Carmen dejando atrás la Riviera Maya (muy bonita pero muy turística también) hasta llegar a Bacalar. Allí tuve un gran susto en el que perdí a Cocaí por un lapso de tiempo que se hizo eterno (unas dos horas, pero parecieron ocho). Estaban ensayando para el Gremio, como una fiesta, tirando cohetes y fuegos artificiales, y Cocaí salió escopetada entre todo el gentío. Cuando nos reencontramos (estaba en un veterinario por el que habíamos pasado) fuimos a celebrarlo a la Laguna de los Siete Colores.

Tocaba meterle hacia el interior, donde nos esperaba Calakmul. El viaje lo hicimos en tráiler con José. Sin prisa y con pausa. ¡Muuucha pausa! Paramos varias veces y estuvimos de reunión de camioneros en un bar, yo flipando porque se estaban poniendo hasta el culo de cubatas y chupitos antes de volver al volante… Al menos José era el más responsable.

José, el camionero más chingón

Llegamos a la entrada de la Reserva ya con poca luz e intenté pasar pero estaba cerrada. Estuve tentado de adentrarme un poco y dormir por allí, pero la propia Reserva está como a 40 km tierra adentro. Como alternativa me fui a un pueblo que había a dos o tres kilómetros. Fue una grata experiencia estar adentro de una comunidad tan auténtica como esa.

Coqui se hizo amiga de este chavalín

La Reserva fue una pasada, las ruinas mayas más increíbles que he visto sin lugar a dudas. A Cocaí la dejé al cuidado de un negocio familiar en el pueblo en que había dormido y la trataron genial.

Juntos seguimos nuestra aventura, de la mano de un español que conocí en la Reserva y que había alquilado un coche. Nos llevó a Cocaí, a mí, y a una pareja argentina muy buena onda. Hasta Escárcega, donde él tiraba hacia Mérida y nosotros cuatro hacia Palenque, Chiapas. Allí pasamos un duro ride, con una lluvia torrencial incluida. Pero nos acabaron llevando, en una pick up. Los argentinos se quedaron porque la camioneta solo iba en nuestra dirección unos 20 km, y ellos preferían quedarse en el pueblo porque a las malas había un bus que les llevaba directos a Palenque. Coqui y yo no teníamos alternativa, y es más fácil pedir ride fuera de ciudad que dentro. Nos dejaron en un descansadero de camioneros y, cuando ya parecía que nos iba a tocar pasar la noche allí, llegó un salvador a última hora. Nos dejó en Emiliano Zapata, Tabasco (muy cerquita de Chiapas ya).

Allí llegamos de noche y todo era caro. Preguntamos en un puesto de comida si sabían de algún albergue o un camping por allí cerca y nos dijeron que no. Pero entonces una mujer que estaba comiéndose unos tacos me dijo que si teníamos tienda podíamos ponerla en su jardín. ¡Listo! Llegamos a su casa, con un patio compartido con otras dos casas a todas luces abandonadas. Un poco mal rollero la verdad. Al principio debuty con la mujer, muy maja. Poco a poco empezó a tocar temas de magia y de sus poderes con lo paranormal, hasta que la cosa se puso peliaguda. Me decía que ella podía contactar con los muertos y no sé qué movidas. Estaba tan cansado que le dije que necesitaba dormir. Cuando estaba ya quedándome grogui escuché que vociferaba “Vecino, vecino”. Abrí la tienda y me dijo algo que me dio escalofríos: "Yo a usted le conozco. Usted ya estuvo aquí". No salí corriendo porque era tardísimo y no teníamos dónde ir.

Por la mañana pudimos montarnos en una combi, haciéndonos los longuis con el tema del perro ("ah, pero si siempre nos dejan subir…"). Al rato estábamos en Palenque. Además del hermoso sitio arqueológico, estuvimos por un sendero en el PN Palenque y luego pusimos rumbo a las Cascadas de Mishol Ha. Ride otorgado por Saúl, un obrero de la zona con la camiseta del Barça (¡le dije que muy mal!). La carretera por la montaña una auténtica pasada por cierto. Dormimos en un pueblo cercano, zapatista. Experiencia memorable, con los niños jugando con Cocaí y hablando con los simpáticos aldeanos que nos venían a visitar a nuestra tienda al lado del río.

Saúl nos llevó por hermosas montañas...

¡Hasta esta fantástica cascada!

Dos pequeños lugareños del ejido Ruiz Cortines disfrutan con Cocaí

Conseguimos otro ride hacia las Cascadas de Agua Azul. En realidad llegamos caminando desde un punto y, por el camino, conocí a una mujer que me indicó un atajo que utilizaban los locales y que así me evitaba pagar la entrada. Pasamos por un riachuelo en el que se estaban bañando varias jóvenes como Dios las trajo al mundo, con sus pequeños retoños. Se quedaron locas al vernos por allí. Las saludé como si mi presencia allí fuese tan natural como sus cuerpos desnudos y seguimos caminando. Las Cascadas muy bonitas, aunque más que azules eran marrones porque había llovido mucho en los últimos días. Nos bañamos, me reencontré con la pareja argentina y dormimos con la tienda bajo un techo que nos ofrecieron unos locales. Quitando la experiencia de una mujer que vino a visitarme con su niña y me dijo que quería coger, que fue un poco desagradable, no por el hecho de “coger” sino por cómo lo dijo y delante de su hija, todo genial.

Nuestro siguiente destino era Campeche capital. Volvimos por el mismo camino hasta Escárcega. Pero no fue fácil. Nos quedamos atascados primero en una gasolinera, donde conocí a otros dos viajeros (del mismo México y de Francia), y luego en otra. En esa segunda nos tocó acampar. Al menos acompañados. Como anécdota, cuando estaba ya dormido un tipo me empezó a hablar diciendo que tenía mi perro y que abriese la tienda para recogerlo. Yo palpé a mi alrededor y Cocaí estaba conmigo. Le dije que estaba equivocado, que mi perra estaba conmigo, pero insistió. Yo me mosqueé, y más cuando comenzó a intentar abrir mi tienda. Le dije que ya abría yo. Me encontré cara a cara con la versión gemela de Cocaí, ¡qué paranoia! Resulta que le habían dicho unos trabajadores que ese era mi perro, pues debían haberle confundido con la mía al vernos pidiendo ride por allí. Me trató de convencer de que me quedase a ese perro pero no podía. Le dije que se lo quedase él, y dijo que así lo iba a hacer… Ojalá que así fuese.

A la mañana siguiente la vida nos sonrió y nos dio varios rápidos rides, dejando Chiapas y, sobre todo, esa gasolinera que nos atrapó. En total fueron dos rides, más un bus que nos dejó subir en la bodega (ahora entiendo por qué Coqui odia ir ahí abajo…). Y luego otro ride con mi tocayo mexicano Roberto, que nos dejó en Champotón. Nos dimos un paseo por allí y cuando íbamos saliendo de la ciudad pasando por un puente nos paró un coche que nos llevó directos a Campeche. Todos estos rides, quitando el de la bodega, fueron en pickups/camionetas. Sensacional sensación recibir ese viento tropical.

Ride con el mexicano y el francés con los que acampé en la gasolinera

Lo mejor de Campeche fue el marisco que nos pimplamos en una palapa. ¡Muy rico! Tras dos días allí derritiéndonos con el calor más inhumano que he experimentado en mi vida (tuvimos que revolcarnos Coqui y yo en un mar lleno de rocas y estancado porque nos daba algo) llegaba la misión salida. Fue mortal el camino por ese calor infernal y cuando íbamos a comprar agua en la última gasolinera de la ciudad, nos dijeron que allí no tenían tienda, que la siguiente estaba más atrás. Miré al repostador y luego al hombre que estaba echando gasolina allí mismo y ni lo dudé. “Por favor, ¿nos das un ride? Vamos a Mérida”.

Era el destino. Empezó con un ride y acabó con una semana de vacaciones con una familia increíble en la capital yucatana. Alfonso, Lourdes, Gerardo y Fer, con todos sus perrunos (y con el bueno de Gonzi), nos recibieron en su casa gigante con piscina y nos llevaron por todas partes para conocer un estado magnífico. Me sentí como uno más de la familia, y Cocaí también. Además de acogernos de la manera más cálida posible, dándonos ricas comidas (¡no mames la cocina yucateca wey!) y el cuarto de Gerardo, fuimos a cenotes, la playa, de fiesta, de tour por la ciudad, pueblos… Hasta que decidí que era el momento de seguir.

Una de las mejores experiencias de mi vida: la familia Ailloud Correa

Cocaí hizo cuatro valiosos amigos perrunos

Y pasó de ser una vagabunda que acampa en gasolineras a ser una reina que duerme en camas gigantes

Huevos motuleños en su lugar de origen: Motul

Excursión a Progreso, donde vimos esta puesta de sol espectacular

¡Pero ellos no querían soltarme! Lourdes y Gerardo, con los que más migas hice, se vinieron de excursión a mi siguiente destino: Chichén Itzá y un cenote cercano. Gerardo me hizo de guía mientras Lourdes se quedaba fuera con Cocaí. Una de las Siete Maravillas, y realmente lo es, pero mucha gente. El cenote estuvo padre bañándonos ¡y colgándonos de las lianas a lo Mowgly!

Con Gerardo en Chichén Itzá

Llegaba el momento de la despedida, y la verdad que después de todo lo compartido me daba una pena (tristeza, ¡que no vergüenza!) infinita. Pero se animaron a seguir todo el camino con Coqui y conmigo hasta Cancún. ¡No me creía mi suerte! La idea era pasar el día siguiente disfrutando del mar Caribe. No teníamos alojamiento, pero Lourdes se acordó de que una amiga de la universidad, con la que no había tenido contacto desde hacía unos veinte años, vivía allí. ¡Ni corta ni perezosa la llamó! Y nos recibió en su mansión, a la que llegamos ya de noche. Me hizo gracia que se llamase Kokis, casi tocaya de mi Coqui. Gerardo y yo nos hicimos unos sándwiches mientras ellas se ponían al día de nada más y nada menos que de los últimos 20 años. Les llevó toda la noche por lo visto. Antes de dormirme me di un baño en esa piscina con luces y plantas tropicales.

Fue un día genial en la playa. Me dejaron en Playa del Carmen y partieron hacia Mérida. Tras otro día de descanso playero, recuperamos la jaula y vuelta a Cancún, de donde salía nuestro vuelo a Monterrey. Tuvimos un par de días más de relax acampando con todos los bártulos en la única playa dog friendly de todo Cancún, en el km 30 o así, antes de embarcarnos en una nueva aventura. La regiomontana.

La única playa dogfriendly de Cancún

Ride de carros y barcos por selva peruana

Indudablemente, penetrar por mi cuenta en la selva suroeste del Perú fue una de mis mayores aventuras. Aún no estaba Cocaí conmigo (¡quedaba poco para conocernos de hecho!), así que estaba solito en esta empresa. Es una zona en la que no abunda el transporte, y a partir de un punto no hay. Tienes que “mendigar” que alguien te lleve. Muchas áreas son accesibles únicamente por río.

Llegamos desde Cuzco a Paucartambo en bus. Ahí empezaba la selva alta. A partir de Edén se acababa la carretera y no había otra que pedir ride acuático. Lo hicimos de la mano de Ángelo, a quien ayudamos a cargar en su bote la mercancía que llevaba al poblado de Boca Manu y a cambio no nos cobró. Fue toda una aventura navegar en ese mini bote por allí.

En el bote de Ángelo

Mi idea era tratar de acceder al Parque Nacional del Manu. No lo conseguí porque se requieren permisos especiales, pero conocí un lado aún más bonito del lugar: sus gentes. Iba caminando por el pueblo, en busca de unas charcas que me habían recomendado, cuando me topé con Eugenia. Me invitó a poner la tienda en su patio. Fue increíble esta experiencia. Solo fueron tres días, pero qué tres días. Los desayunos de la selva, que eran platos de espaguetis o arroz con huevos y plátano, nos daban energía para afrontar el día. Ayudé en el proyecto de las Olimpiadas Amazónicas Juveniles, en las cuales iban a participar todos los pueblos por los que fui pasando hasta llegar a Boca Manu. Este año la sede era en esta aldea, y estaban todos muy ilusionados, participando y volcándose en la empresa. Niños, adultos y ancianos de ambos géneros estaban construyendo una pista olímpica. Aportar mi granito de arena y colaborar con ellos es algo que no olvidaré.

Patio de Eugenia

Una persona que nunca olvidaré

Salir de allí también fue una hazaña remarcable. Un grupo de estudiantes canadienses iban de camino a una estación biológica, pero pasaron la noche en el pueblo. Hablé con los profesores y me dieron un ride a la mañana siguiente. Una cocinera, que era hermana de uno de los profesores, y yo nos bajamos en una comunidad costera, desde donde ya pudimos agarrar una combi que nos dejó en Puerto Maldonado. De vuelta a la civilización. Me quedé con esta mujer y su familia una noche y me dejaron en la estación de autobuses al día siguiente. Rumbo a Cuzco a recoger parte de mis bártulos.

México-USA-Canadá

Empezamos en Monterrey, al noreste de México; bajamos hasta Oaxaca, al sur del país; subimos hasta Hermosillo y la frontera en el desierto entre Sonora y Arizona; subimos hasta Utah; volvimos a Arizona haciendo un loop magistral; atravesamos el estado hasta California; subimos hasta la frontera con Canadá, en el estado de Washington dejando atrás el estado dorado y Oregon. Todo en 100 días. Sería demasiado relatar todas y cada una de las aventuras, hazañas, personas y paisajes que encontramos en el camino, por lo que aquí contaré un par. ¡Podéis encontrar todas estas historias en mis diarios!

Estephany y la Huasteca Potosina

Tras unos días por la hermosa Huasteca de San Luis Potosí, nos encontrábamos en una verde y soleada carretera cuando llegó Estephany al rescate. Esta simpática joven iba a ver a su jefe para entregarle unos documentos, y como trabajaba en cosas de conservación del entorno me animó a que le dejase el currículum. ¡Le dijimos al jefe que éramos amigos! Anécdotas como esa aparte, me dejó en mi nuevo destino y nos intercambiamos contacto.

Al día siguiente quedamos para irnos de excursión a un castillo que parecía de chucherías y a un pueblo llamado Axtla de Terrazas, donde comimos unos tacos deliciosos. Mi idea era salir ese mismo día de la Huasteca Potosina, pero como era tarde me ofreció quedarme en su casa con su familia por esa noche. ¡Cocaí y yo encantados de dormir en cama! Y de compartir con una familia local. La abuela y la madre eran náhuatl. De hecho la abuela no hablaba español. La compañía y las comidas fueron exquisitas.

¡Estephany al rescate!

Coqui hizo buenas migas con la mamá de Estephany. Nahuatl y quechua congenian parece ser

César y California

Death Valley, California. Estábamos tratando de salir por el acceso oeste del Parque y llegar así a la carretera 395, de la cual habíamos oído hablar maravillas. De pronto, un carro que venía desde el otro sentido se paró y nos preguntó que adónde íbamos, y que él iba a volver a pasar en mi sentido en unos 20 minutos (por si nadie paraba antes). ¡Qué bien que nadie nos llevó durante ese lapso de tiempo!

César Gudiel no sólo fue nuestro salvador del día, sino que se convirtió en nuestro compi de viaje durante los tres próximos días, nos ofreció su casa en San Francisco y volvimos a viajar, esta vez con su familia, por el norte del Golden State. Pero vayamos paso por paso.

En vez de irme ese mismo día del Parque, me quedé con él en la sección oeste, visitando lugares muy chulos. También estuvimos con otro hitchhiker llamado Patrick, de Michigan.

Tengo una flor en el culo que me lleva a conocer tipos tan grandes como César

El plan inicial de César era volver a SF por una ruta más corta pero más fea y aburrida. Le gustó mi idea de ir por las montañas y se apuntó. Estuvimos recorriendo durante dos días lugares sacados de películas, y nunca mejor dicho porque en las Alabama Hills se han rodado muchas películas (como por ejemplo Django Unchained o Iron Man). Lagos congelados y montañas alucinantes nos acompañaron durante todo el viaje. El lugar donde acampamos fue uno de los más bonitos que haya yo dormido en mi vida, a los pies del Mount Whitney, el pico más elevado de USA sin contar Alaska, y otros bellos picos de la Sierra Nevada.

Oh my God, this is amazing!

No hay nada como hacer un pis en un sitio bello

Llegamos a San Francisco por la noche después de dos días por la carretera 395 (no es mucho, pero con el frío y la nieve tampoco nos podíamos haber quedado más sinceramente) y César me regaló una vista de la ciudad y sus luces desde el mejor mirador. Mira que no soy mucho de ciudades, pero me impresionó un montón SF desde esta primera vista. Luego me llevó a conocer a su pequeña gran familia. En casa de César, Melissa y el pequeño Phoenix nos quedamos durante seis días, descubriendo todos los rincones de la ciudad (y digo todos porque César nos llevó literalmente por todos los lugares) y algunos sitios súper chulos de los alrededores.

Esa family cómo mola

Coqui y Phoenix pasándolo en grande

¡El famoso Golden Gate!

El fin de semana, que Melissa libraba y Phoenix no tenía cole, nos fuimos de excursión a una cabaña en mitad de los Redwoods, al norte del estado californiano. A mí me venía perfecto porque estaba en mi ruta hacia Canadá. Fueron tres días para enmarcar con los Gudiel y los árboles más altos del planeta. Ellos se tenían que volver a SF y yo iba hacia el norte, así que les pedí que me dejasen en el siguiente pueblo. Pero entre que llovía a mares y que esta pareja son un par de buenazos me fueron acercando más y más… Hasta que llegamos a Oregon. O sea, se hicieron como tres horas en dirección norte para dejarme allí (más las tres que tenían de vuelta a la cabaña más las otras cuatro hasta SF, una barbaridad). Encima César se empeñó en pagarme una Yurt, donde Coqui y yo dormimos como ángeles a la salud de esta familia que siempre recordaremos y adoraremos.

Con los Gudiel en la Avenue of the Giants

Hasta siempre Phoenix, gracias por todas las aventuras juntos. ¡Woof!

viajerosperrunos

And get news about travels, dogs...

And traveling with dogs! 

Copyright © 2017-2018 | Viajeros Perrunos | Aviso legal | Política de privacidad | Cookies